La muerta que fue a la iglesia

Cuentan que hace muchos años en un pueblo cercano a la ciudad de Oaxaca, vivía una hermosa joven llamada Carmen, quién todas las tardes sin falta asistía a la iglesia.

Tenía el hábito de pasar varias horas rezando frente al altar. Muchas veces, ya de noche, los monaguillos o el sacerdote tenían que pedirle que se retirará para poder cerrar.

Sin decir una palabra, Carmen se retiraba. Al día siguiente ocurría casi lo mismo.

Se dice que desde niña, Carmen quería consagrarse a Dios y su mayor deseo era ser monja, pero a la muerte de su madre, tuvo que quedarse al cuidado de Don Bartolo, su padre.

Don Bartolo, era un hombre estricto y tenía gusto por el alcohol. Al quedar viudo se tiró por completo al vicio. Vendió propiedades, ganado y toda clase de pertenencias. Gastó todo su dinero en parrandas y mujeres. Luego, se vió obligado a pedir prestado.

El papá de Carmen, adquirió una cuantiosa deuda con Don Severiano, un viejo rico hacendado, a quien todos en el pueblo temían por abusivo y violento. El hacendado era viudo y se decía, incluso, que él había matado a sus anteriores esposas por estar enfermo de celos y de haberlas acusado de engañarlo con otro.

Pasó el tiempo y como Don Bartolo no pudo saldar su deuda con Don Severiano, le ofreció como moneda de cambio a la hermosa y virginal Carmen, de apenas 16 años de edad.

Obligada por su padre, Carmen fue condenada a vivir una vida miserable al lado del rico hacendado, quién en lugar de cuidarla y protegerla, la maltrataba, la golpeaba y la humillaba a su mayor antojo y placer.

Carmen tenía prohibido hablar con hombres. En algunas ocasiones, después de propinarle sendas golpizas sin ningún motivo, Don Severiano se ausentaba por viajes de negocios. Otra veces después de abusar y golpear a Carmen, salía de fiesta con otras mujeres y regresaba al día siguiente borracho y acusando a Carmen de infiel, como sus anteriores esposas.

Ante tantas vejaciones y horrendos maltratos, Carmen sólo encontraba consuelo acudiendo a la iglesia, lugar al que iba a escondidas del hacendado, con ayuda de una criada, pues tenía estrictas órdenes de no dejarla salir, pero se las arreglaba para hacerlo.

Pasó el tiempo y una noche, misteriosamente, después de tres días de no haber ido a la iglesia, un poco sorprendido, el sacerdote se acercó a Carmen para decirle que le habían extrañado esos días, pero que ya era hora de cerrar el templo y tenía que retirarse.

A diferencia de ocasiones anteriores, esta vez Carmen ni siquiera hizo el intento por pararse. Siguió ahi, hincada y rezando, como si nunca hubiese escuchado al padre. Una larga mantilla cubría su rostro.

Un poco exasperado, el cura le habló más enérgico mientras avanzaba hacia ella. Ya cerca, el padre observó que bajo el vestido de Carmen, corría en el piso un hilo de sangre.

Alarmado, le preguntó qué le pasaba. Al tocar su hombro, la sintió fría como el hielo. En ese momento Carmen volteó y el padre observó que en el pecho tenía dos profundas heridas de las cuales brotaba aquel hilo de sangre.

Saqueme de ahí padre. Bajo el manzano. Quiero descansar en paz, dijo Carmen mientras se derrumbaba en los brazos del clérigo.

El cura no entendió en su momento las palabras de la joven y alarmado, comenzó a llamar a los monaguillos para que le ayudarán a auxiliarla.

Cuando éstos llegaron y ante la vista de todos, inexplicablemente, la joven desapareció de los brazos del sacerdote, al igual que la mancha de sangre en el piso. Todos quedaron mudos de la impresión y un profundo escalofrío recorrió sus cuerpos.

Cuentan que el sacerdote comprendió entonces, que quién había estado esa noche en la iglesia, había sido el fantasma de Carmen, cuya alma andaba en pena buscando el descanso eterno.

El padre subió al campanario y repicó las campanas para reunir al pueblo frente a la iglesia.

Los pobladores, enardecidos por el relato del cura y los monaguillos, fueron a la hacienda. Buscaron bajo el gran árbol de manzana y ahí, enterrado, encontraron el cuerpo de Carmen, quien, según se supo, tres días antes, había Sido asesinada de dos puñaladas en el pecho por el hacendado, quién la descubrió que salía de la hacienda y la acusó de tener un amante.

Cuenta la leyenda que los pobladores detuvieron al hacendado, le quitaron la piel de los pies con un cuchillo y atado de las manos, lo hicieron caminar a golpes hasta la plaza del pueblo donde lo quemaron vivo. El padre de Carmen murió en la total miseria y su cuerpo fue encontrado carcomido por los roedores.

Cuentan que hasta la fecha, principalmente en las noches de luna llena, en aquella hacienda abandonada, hay quienes afirman haber visto a Carmen pasearse cerca del árbol de manzana.

Otros más, que la han visto entrar a la iglesia del pueblo, lugar en el que aseguran, aún después de muerta, llega a rezar.

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